Brasil: Nada de jogo bonito

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Compartimos nota publicada originalmente en el portal ZUR

Sobre Brasil puede decirse que hay una sociedad divida, una derrota inminente en un escenario de desaceleración económica y, sobre todo, varias preguntas que responder. ¿Por qué llega Brasil al proceso de impeachment? ¿Cómo se posicionan los diferentes actores sociales y políticos en disputa? ¿Qué se puede esperar que suceda? ¿Cómo salir de la crisis política? Con ánimos de nutrir el debate, Zur invitó a algunos militantes y académicos brasileños y uruguayos a reflexionar sobre el asunto. Contestan Raúl Zibechi, Gabriel Delacoste, Gabriela Iglesias, Emiliano Tuala, Luciano Wexell y Silvia Adoue.

¿Por qué llega Brasil al proceso de impeachment?

Gabriel Delacoste. Politólogo (Uruguay).

El impeachment es consecuencia de la ruptura de la alianza entre el Partido de los Trabajadores (PT) y una serie de partidos y parlamentarios (los hay de “centro”, de derecha, ruralistas, evangélicos, desideologizados) que apoyaban a su gobierno en el Congreso. Debido a un sistema electoral que favorece la existencia de numerosos partidos y que alienta la conducta individualista de los congresistas, el PT recurrió a políticas de alianzas muy amplias sustentadas en concesiones políticas y económicas (muchas veces corruptas) para poder trabajar con la legislatura. Al avanzar las investigaciones judiciales sobre la corrupción, en medio de una crisis económica causada en gran parte por la baja de los precios de las materias primas, estas alianzas se resquebrajaron al mismo tiempo que el gobierno del PT se hacía impopular, generando el entorno de oportunidad para la traición de los partidos aliados, que controlan la Vicepresidencia, por lo que pueden hacerse del gobierno solamente separando a Dilma Rousseff del cargo.

Gabriela Iglesias. Técnica del Núcleo de Extensión en Economía Solidaria de la Universidad de San Pablo (Brasil).

En el Brasil de hoy vivimos una situación muy compleja para la izquierda, un momento de retroceso de nuestra débil democracia. El escenario político está cambiando día a día. Está en curso un intento de golpe de Estado a través de herramientas democráticas, es decir, no la posibilidad de que los militares tomen el poder, sino que la Cámara de Diputados y el Senado saquen de forma “democrática” a la presidenta Dilma Rousseff, por medio del impeachment, una herramienta que permite la salida del presidente en caso de que se compruebe corrupción o crimen de responsabilidad fiscal. El argumento que se usa para llevar adelante el proceso al impeachment es el uso por parte de la presidenta de pedaladas fiscais, un recurso utilizado por varios gobiernos (incluso los anteriores, el de Lula da Silva y el de Fernando Henrique Cardoso), a través del que se atrasa deliberadamente el repaso del presupuesto al banco responsable de pagar a los programas sociales, de modo que éste tiene que utilizar sus propios recursos financieros. En este período el gobierno logra ganar un tiempo para cumplir con sus metas fiscales. Es decir, caracterizaría una situación en la que el banco hace un préstamo al gobierno, algo prohibido por el articulo 36 de la ley de Responsabilidad Fiscal. En los hechos no genera un impacto social, incluso es un recurso para garantizar los compromisos con los beneficios sociales, pero la oposición organizada utilizó este argumento legal para instaurar un proceso de impeachment contra la presidenta. En la actualidad ese proceso ya se votó en la Cámara de Diputados, restando que lo vote el Senado (que lo hará el miércoles 11 de mayo), pasando luego al Supremo Tribunal Federal, quien tomará la decisión final del juicio.

Desde una perspectiva más nacional, este proceso es resultado de las opciones y alianzas que hizo el PT a lo largo de sus últimos mandatos, en la medida que no optó por una propuesta de gobierno más radical. Se puede pensar que el PT ha generado las condiciones para que sus propio aliados, vinculados a los partidos de derecha y centro (el Partido de Movimiento Democrático Brasileño – PMDB y el Partido de la Social Democracia Brasileña – PSDB) los traicionara, con el apoyo de la clase media conservadora.

Raúl Zibechi. Periodista (Uruguay).

Porque la relación de fuerzas social y parlamentaria favorece a la derecha. En las elecciones de 2014 la derecha sale muy reforzada en el parlamento, y el PT y la izquierda muy debilitados. Segundo, porque el PT no supo responder a las demandas de mayor igualdad de junio de 2013 y la derecha le comió la calle.

Silvia Adoue. Profesora de la Escuela Florestan Fernandes del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra – MST (Brasil).

La primera cosa para decir es que la crisis en la esfera política se da en el marco de un cambio en la configuración mundial del capital y, por lo tanto, en la inserción de Brasil en esa nueva configuración. Me refiero a una reorganización de las cadenas productivas en escala planetaria que no deja espacio para la competición. Es una intensificación del modelo de acumulación que Florestan Fernandes llamó “imperialismo total”. Para esa reorganización planetaria del capital con un número reducido de empresas controlando las cadenas y subordinando todas las otras, es necesaria también una modificación del marco legal dentro de los estados nacionales en lo que atañe a la legislación laboral, a los marcos regulatorios de protección ambiental y social, y a los bienes comunes. Están articulándose tres tratados en este momento: el Tratado Transpacífico, el Transatlántico y el Tratado de Comercio de Servicios. Son tratados internacionales que reaseguran la libre circulación del capital, según los intereses de esas pocas empresas que comandan las cadenas productivas y protegen sus inversiones de posibles cambios políticos futuros en cada país. Es decir, no sólo altera la legislación actual, sino que reduce la soberanía dejando el marco legal nacional fuera del alcance de las naciones. Cualquier otra opción está fuera de la inserción en esta nueva configuración del capital. La lucha que ocurre en la esfera de los partidos del orden es, por lo tanto, una disputa para decidir quién será el que realizará la transición.

Emiliano Tuala. Comunicador (Uruguay).

De las dificultades económicas irresueltas se desprende la crisis política que atraviesa Brasil, que encuentra en la corrupción apenas un síntoma de todo lo que está mal, o directamente una excusa.

La situación es delicada, porque se ha llegado al punto en el cual buena parte de la sociedad, los políticos y los empresarios consideran (sienten) que la realidad debe cambiar; a la vez que las fórmulas para los cambios presentan riesgos considerables, tales como desbordes sociales, conflictos diplomáticos, caos político y hasta una posible salida de la institucionalidad democrática.

El proceso de impeachment, entonces, es sólo la herramienta más práctica y directa que las diferentes oposiciones han encontrado para destituir a Dilma, quitarle al PT la dirección del Estado y minar la popularidad de Lula; ello con el objetivo ulterior de establecer un gobierno que garantice la estabilidad social, el orden político y el progreso de la macroeconomía.

Luciano Wexell Severo. Profesor de Economía de la Universidad Federal de la Integración  Latinoamericana (Brasil).

Frente a la posibilidad de regreso de Lula en 2018 y la adopción de una agenda social un poco menos liberal, la élite brasileña, que en pocos momentos de la historia acumuló tantos recursos y tanto poder como en esta última década, optó por el camino teóricamente más seguro. Aunque sea una acción cuestionable e, incluso, difícil de comprender, el plan de esa élite es abortar de forma definitiva la tímida ola progresista y el denominado social-desarrollismo capitaneado por el PT. El ambiente se puso tenso desde las manifestaciones de junio de 2013, cuando los sectores más conservadores de la sociedad brasileña supieron apropiarse de protestas populares y estudiantiles en contra del aumento del boleto de ómnibus. Llegada la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, Dilma Rousseff, entonces candidata a la reelección, asumió un discurso más identificado con la intervención del Estado y de fortalecimiento de las políticas sociales, tratando de diferenciarse del candidato Aécio Neves (PSDB), portavoz del neoliberalismo de los años noventa.

Debido al relativamente pequeño margen de diferencia (equivalente a casi 3,5 millones de personas), se intentó descalificar los resultados del sufragio, incluso con la solicitud de reconteo de los votos. La medida le dio manija a una suerte de “tercera vuelta” permanente. Los grandes medios de comunicación se encargaron de convocar y reproducir una hipotética ola generalizada de insatisfacción, que llenó las calles de las principales capitales del país con grandes protestas en marzo de 2015. Dichas movilizaciones fueron inflamadas por la investigación Lava Jato, que apura esquemas de lavado de dinero especialmente vía contrataciones sobrefacturadas de empresas de construcción civil por la estatal Petrobras. Cualquier observador se da cuenta de que el foco de esa operación es selectivo y concentra sus mandados de prisión en contra de militantes y líderes políticos del PT, como fue el caso del expresidente Lula.

Después de evaluar las denuncias presentadas por abogados, la Cámara de Diputados finalmente optó por abrir el proceso de impeachment contra de Dilma, con base en las llamadas “pedaladas fiscales”, mecanismos contables en los cuales los bancos públicos adelantan el pago de cuentas del gobierno, que después devuelve el dinero y paga los intereses. (…) En verdad, como se sabe, la rigidez fiscal es una imposición de los acreedores internacionales con la finalidad de impedir políticas anti-cíclicas y, a la vez, garantizar la rentabilidad de su capital especulativo. En ese escenario, parece evidente que un economista como Keynes estaría preso por ser un populista irresponsable.

 

¿Cómo analiza los diferentes actores sociales y políticos en disputa?

Gabriel Delacoste

El proceso se da en el marco del proyecto político del PT, y es en parte consecuencia de él. Éste, en un marco de crecimiento económico, se basa en distribuir recursos hacia las clases trabajadoras sin afectar los intereses capitalistas, por lo tanto sin cuestionar la estructura básica del poder en la sociedad, ni la inserción del país en la división internacional del trabajo. De hecho, el proyecto se basa en sacar provecho de esta estructura, y esta inserción en una coyuntura de altos precios de los productos exportados. Por eso fue exitoso mientras hubo crecimiento económico, y dejó de serlo ni bien bajaron los precios de las exportaciones. Luego de la victoria de Rousseff en las últimas elecciones, su reacción ante los problemas económicos fue nombrar a destacados miembros de la clase capitalista al gabinete y procesar un ajuste fiscal para intentar calmar a los mercados y retomar al crecimiento. Pero al no funcionar esta estrategia, los sectores capitalistas (junto con la prensa y en un marco de masivas manifestaciones antigubernamentales) perdieron la paciencia, se volvieron contra el gobierno y encontraron en los parlamentarios y el vicepresidente instrumentos para sacarse de encima a un gobierno que todavía tiene lazos con movimientos sociales y aspiraciones de redistribución. Digo “todavía” porque si bien buena parte de los movimientos están movilizados contra el golpe, la relación del PT con su base social histórica está seriamente deteriorada, incluso desde antes del ajuste fiscal. Ya en junio de 2013 las calles se habían vuelto contra el PT “por izquierda”, en el marco de las protestas contra las tarifas del transporte, el derroche en la Copa del Mundo y la represión policial.

Gabriela Iglesias

La sociedad esta dividida de forma muy clara entre los que están a favor y los que están en contra del gobierno. Tenemos dos discursos construidos: los que apoyan al impeachment y disputan la idea de la democracia a través de la lucha en contra la corrupción (aunque varios tengan también sus nombres vinculados a las investigaciones), y el otro grupo que hace un análisis del golpe que se está dando dentro del Estado Neoliberal. En el escenario internacional hay una crisis del petróleo, vinculada también a la búsqueda de retomar la  hegemonía por parte de Estados Unidos a través de sus petroleras, que mantienen el precio del petróleo bajo como forma de impactar en las ventas de los países árabes, Venezuela y Brasil. Además de un intento de retomar su dominio en los países de Latinoamérica, entre ellos Brasil, financiando parte de los grupos contrarios al gobierno, tanto los políticos, como los movimientos de la sociedad civil. Como antecedente de este momento vale resaltar las movilizaciones de julio de 2013 por parte de organizaciones populares de la juventud y de la sociedad civil, entonces no estaba claro qué grupos surgirían a partir de esa instancia.

Rául Zibechi

Por un lado, hay una nueva derecha social y política, clasista y neoliberal, pero no reaccionaria en el sentido de que ya no es católica, terrateniente y acepta el matrimonio igualitario y la legalización de la marihuana. Apuesta a privatizar y sobre todo a devolver a los negros y pobres a las favelas, de donde empezaron a salir por su cuenta en los últimos años.

En cuanto a la izquierda y los sectores populares, el mayor dinamismo hoy lo encontramos en los jóvenes y las mujeres negras, en el Nordeste y en las zonas devastadas por las megaobras como Belo Monte. Este sector aún no ha construido partidos electorales y no está claro que lo vaya a hacer, porque practica una cultura política distinta a la de las izquierdas y sindicatos tradicionales.

Silvia Aduoe

Los gobiernos del PT se aprovecharon de la situación relativamente privilegiada de Brasil entre los países de capitalismo dependiente, que le permitió ser operador de expansión del capital en el contexto de la especialización productiva en la región y en algunos países de África. En esas condiciones, además de la expansión de las mineras, el agronegocio y las empresas de infraestructura en esa faja de latitudes, pudo promover el consumo y así mantener por un período el sector de la industria de transformación, compensando con el aumento del volumen de consumo las altas tasas de interés. Estas tienen que ver con la manutención de la deuda pública, que favorece al capital financiero. Esa composición del cuadro de los favorecidos durante los tres primeros gobiernos del PT ya no puede ser sustentada en el contexto de esa transformación internacional del capital. El sector que retira su apoyo o neutralidad es el de la industria de transformación, que para mantener sus lucros precisa intensificar la explotación del trabajo.

Los partidos del orden que disputan esa transición son el PT, el PSDB y el PMDB. Este último viene siendo el fiel de la balanza de la gobernabilidad. Apoyó al PT y le dio mayoría parlamentaria, pero ahora retira su apoyo y se inclina a componer un gobierno con el PSDB, con la posibilidad que le daría el impeachment de ser el que da las cartas, ya que con el vicepresidente y el presidente de la Cámara, tiene los dos puestos del ejecutivo en la línea sucesoria si Dilma sufriese impedimento. Hay partidos menores que van alineándose.

Las clases trabajadoras, en este momento, no tienen medios de pesar en la esfera política. Las organizaciones que se formaron en el ciclo de ascenso del PT ya no representan a la clase trabajadora. Por un lado, porque la configuración de la clase cambió y esas organizaciones ya no tienen relación orgánica con esa base. Por otro lado, porque esas organizaciones permanecieron pegadas al proyecto del PT, que es un proyecto enteramente burgués.

El proyecto burgués, en el contexto actual, y por determinaciones del polo externo de la economía, es uno solo. La diferencia entre el PT, por un lado, y el PSDB y PMDB, por el otro, es de velocidad. Mientras el PT se destaca por su capacidad, como gobierno, de mediar conflictos, el PSDB y el PMDB sólo pueden recurrir a la represión. Pero todos pretenden realizar los ajustes y las modificaciones legales que están en pauta.

Emiliano Tuala

La crisis actual surge del deterioro de la economía, la impaciencia de una parte de la sociedad, la incapacidad del gobierno para resolver los diferentes conflictos que se le presentaron (llegando  incluso a apelar a cierta ortodoxia económica que no convenció ni a unos ni a otros) y un accionar hostil de la oposición. Dado este escenario, los sectores sociales y políticos más moderados que acompañaban al gobierno del Dilma se trasladaron al bloque opositor, conquistando, junto al trabajo de la Justicia y de los medios de comunicación, el sentido común de la sociedad brasileña (que, como sabemos, suele descansar en las clases medias).

Así, y grosso modo, podría decirse que en Brasil hay dos grandes actores en disputa. De un lado el PT, liderado por las figuras de Dilma y Lula y acompañado por otros partidos de izquierda menores, respaldado por movimientos sociales, los pobres y las clases medias bajas. Del otro, el resto del arco político, los sectores concentrados de la economía, la Justicia, los grandes medios y las clases medias, medias altas y altas.

Quitando la hojarasca discursiva (hoy centrada en la corrupción), podemos decir que el primero de los bloques defendería una mayor intervención del Estado en la economía, mientras que el segundo se inclinaría por el libre mercado y el ajuste como única salida a la crisis que atraviesa el país.

Luciano Wexell Severo

Podemos decir que hay tres grandes grupos de actores sociales y políticos involucrados de alguna manera. Por un lado existe un polo nacional-popular, que reúne partidos políticos y movimientos sociales de izquierda alrededor del gobierno, aunque no representen una fuerza homogénea. Incluso, la heterogeneidad es su principal característica. Ahí están el PT, el PCdoB y sectores del PDT. Algunos partidos, como el PSOL, que en los últimos años vienen haciendo duras críticas al gobierno, en la mayoría de las veces por la izquierda, se suman a ese polo. Parece existir una conciencia de que hay algo mucho más grande en disputa, que es la frágil democracia brasileña. El impeachment sin crimen de responsabilidad sería, según este grupo, un golpe de Estado parlamentario, judicial y mediático.

El segundo polo puede ser llamado de liberal-entreguista y está compuesto por los partidos conservadores más tradicionales, incluso el PMDB, la sigla del vicepresidente de la República. Esa agrupación está boyando en torno al poder desde 1985, cuando ocurrió la redemocratización. Ese frente, que incluye a PSDB, DEM y PPS, aglutina las capas altas de la sociedad brasileña y encarna todas sus reivindicaciones. Dicho grupo está identificado con los paseos dominicales de blancos de clase media y alta en la avenida Paulista con sus mucamas. En esas caminadas, por general, se observaron muchos reclamos en relación a una política gubernamental asistencialista, a la imaginada injerencia del comunismo del Foro de Sao Paulo y al riesgo de transformar Brasil en una nueva Cuba o una Venezuela. Además de esos slogans de la Guerra Fría, abundan los afiches prejuiciosos (de clase, de raza y de género) y se ven incluso solicitudes de intervención militar. Aunque reúna una derecha extremamente descalificada, tampoco se trata de un grupo homogéneo. Sin dudas, habrá mucha gente mal informada.

El tercer polo es el más numeroso y, a la vez, el más ausente de las calles. Se trata de una inmensa masa que todavía no se posicionó. El llamado ciudadano común parece participar poco de la situación actual. Por un lado, su vida mejoró bastante en la última década, aunque haya empezado a empeorar con el ajuste fiscal intensificado desde 2015. Por otro lado, ese ciudadano es bombardeado diariamente por los medios de comunicación, que denuncian el mayor escándalo de corrupción de todos los tiempos en Brasil. Aunque sea increíble, es muy posible que una gran parte de la población brasileña crea que Dilma será juzgada por corrupción. En ese punto, pesa la opción del PT, de Lula y de Dilma, por no estimular la adopción de una Ley de Medios y por apostar, incluso, en la despolitización del debate y la pasteurización de los movimientos sociales. Gracias a eso, gran parte de los 36 millones de brasileños que salieron de la miseria desde 2003 pueden atribuir esa conquista.

 

¿Qué se puede esperar que suceda?

Gabriel Delacoste

Sin el apoyo del capital, de la calle, del parlamento o de la prensa, sería raro que el PT pudiera mantenerse en el gobierno. Es de esperar que el gobierno entrante profundice las políticas de ajuste. Es de esperar que esto, a su vez, genere un clima de tensión social y (si el PT logra sobrevivir y mantener su alianza con algunos movimientos sociales clave) de polarización política, sino estaremos ante un escenario más confuso. Es difícil predecir cómo siguen las cosas a partir de ahí. Es posible imaginar un escenario de “normalidad” con una izquierda política jugando el rol de la oposición leal a un gobierno admitido a regañadientes como legítimo, así como es posible imaginar un clima de fuertes tensiones sociales, confusión política y deslegitimación del régimen. En cualquier caso, no encuentro razones para ser optimista en el corto plazo. Y en un plazo un poco más largo, es difícil pensar que si con la izquierda gobernando continuaron (e incluso se acentuaron) la segregación, la violencia policial, los desastres ambientales, la dependencia de la exportación de materias primas y una clase política corrupta, estas cosas salgan de escena justo ahora.

Gabriela Iglesias

En caso de que se vote el impeachment, lo que nos espera es un escenario de varios retrocesos en los avances, sobre todo en las política públicas destinadas a los movimientos sociales y populares desarrolladas en los últimos años. En el plan presentado por el vicepresidente Michel Temer es clara la propuesta de desmantelamiento del Estado y privatización de todo lo que todavía no está privatizado. Por ejemplo, ya se votó en la Cámara de Diputados la autorización de tercerización para todos los sectores del mundo del trabajo.

Raúl Zibechi

Dilma será destituida, el PT volverá a ser un partido pequeño alejado del poder y la derecha gobernante va a implementar un programa neoliberal. No habrá gobiernos estables porque la hegemonía lulista se disolvió en la crisis política y es probable que vayamos a un período breve sin hegemonías claras, o sea confuso, caótico y conflictivo. Lo que pueda surgir de allí, es una incógnita. El PT apuesta a Lula en 2018, antes que a desatar una lucha potente en todos los espacios, lo que indica que está pensando en retomar el poder, algo que va a acotar las luchas.

Silvia Adoue

Si el proceso de impeachment vence, el nuevo gobierno realizará con más celeridad las transformaciones, pero su inestabilidad será mayor. Es decir, desde el punto de vista de la estabilidad en un contexto de luchas sociales crecientes, como las que tenemos, un gobierno del PMDB y del PSDB es arriesgado también para el orden.

Emiliano Tuala

Ante la posibilidad de que en las próximas horas surja un hecho político que rompa el primer eslabón de una larga cadena de suposiciones con pretensiones de análisis, me limitaré a decir que el inminente final anticipado del mandato de Dilma plantea dos grandes interrogantes, que serán clave en la posible salida de la crisis brasileña: la capacidad de respuesta del PT y sus aliados, y las aptitudes que demuestre la oposición al momento de armar una coalición electoral y política medianamente coherente, capaz de ganar una elección, gobernar y estabilizar el país.

Luciano Wexell Severo

Después de la fuerte derrota de Dilma en la Cámara de Diputados (367 votos contra 137), se vislumbra un nuevo revés en el Senado, el día 11 o 12 de mayo. Aun así, la presidenta no sería destituida sino removida temporalmente del cargo por 180 días, para ser juzgada por el Senado, presidido por Renan Calheiros (también del PMDB). La Constitución garantiza incluso que ella continúe ocupando el Palacio de gobierno. Por lo tanto, hasta la conclusión del juicio por el Senado Federal, Michel Temer, que conspira abiertamente para beneficiarse con la función de mandatario, debe sustituirla y no sucederla.

Una de las principales dudas está relacionada con una todavía desconocida decisión del Supremo Tribunal Federal sobre la posibilidad o no de que Temer nombre nuevos ministros durante ese lapso. Existen distintas interpretaciones acerca del tema, pero es factible que no sea autorizado. Dicha prohibición frenaría la implementación del plan “Puente para el futuro” del PMDB, que se trata de una fuerte agenda de liberalización.

¿Hay alternativas o posibilidades de salir de la crisis política en la que está inmerso el país? ¿Cuáles?

Gabriel Delacoste

En el corto plazo pareciera que la suerte está echada. Pero siempre existen alternativas y salidas, que no serán fáciles ni rápidas. Y estas salidas se juegan en gran parte en la imaginación política y la capacidad de acción de la izquierda brasileña (y no sólo). Digo “imaginación” porque no se puede pensar que las cosas van a salir bien haciendo lo que se hizo hasta ahora: hay que inventar cosas diferentes (o descubrir maneras de generalizar cosas que hoy son marginales). Jugarse a los mercados internacionales y a las alianzas con sectores empresariales y derechistas no genera certezas para los procesos de cambio social. Al contrario. Las alternativas (si buscan ser tales y no una repetición de lo que está fracasando) necesariamente pasarán por políticas más radicales y menos confiadas de que los sectores capitalistas van a respetar las reglas del juego democráticas. Lo que no implica volverse contra la democracia, sino lograr un pensamiento estratégico menos inocente, que intente no pensar al Estado y el crecimiento económico como fines dados, sino como medios limitados y limitantes, que deben ser armonizados con construcciones en otras escalas (locales y trasnacionales), que tengan claro que el enemigo no es algún “conservadurismo” abstracto que no quiere el “desarrollo” de la nación, sino el poder del capital, que puede ser derrotado y no solamente resistido o aprovechado.

Gabriela Iglesias

Lo positivo que podemos mirar en cuanto al proceso es la formación política que mucha gente viene desarrollando, pero este escenario nos plantea un desafío que siempre estuvo presente, pero ahora se torna esencial. La necesidad de unificarse de forma de superar las diferencias tácticas para pelear contra un enemigo común. En las últimas semanas se está dando este movimiento de articulación general de la izquierda, pero todavía se trata de algo muy inestable y sin vínculos profundos y estratégicos, apenas como reacción ante un movimiento conservador que viene ganando fuerzas. ¿Cómo podemos desde una mirada crítica y militante contribuir en la construcción de un movimiento popular que pueda ir más allá de sus diferencias y superar una crisis política en el marco de la joven democracia en que vivimos?, es la pregunta que ese contexto nos plantea.

Raúl Zibechi

A corto plazo, pocas. A mediano, sólo potenciando el conflicto social, pero no en manos de los sindicatos y partidos de izquierda, sino de los que verdaderamente sufren la desigualdad y no tienen otro camino que la rebelión. Brasil es el país más desigual del mundo y lo seguirá siendo si la mitad negra y mestiza del país, esos jóvenes favelados que son víctimas policiales, no toman la iniciativa. Eso implica mucha violencia, pero no hay otro camino porque el que propuso el lulismo fracasó y de eso se deben extraer lecciones: no es el camino electoral el que va a sacarnos de esta situación.

Silvia Adoue

(No contestó la pregunta de manera específica, pero realizó algunas consideraciones respecto de la movilización en Brasil)*.

Emiliano Tuala

A corto plazo, la salida política a la crisis sería el resultado de una recuperación económica y de la conformación de un nuevo gobierno (del PT o de la actual oposición), apoyado en una nueva mayoría parlamentaria, amplia y articulada, capaz de respaldar al presidente y de sintonizar con buena parte de la sociedad.

A mediano y largo plazo, Brasil debería revisar su sistema político. El presidencialismo brasileño descansa sobre un parlamento en extremo complejo en el cual conviven partidos gigantes y minúsculos, nacionales y federales, donde predominan la moderación, la vaguedad ideológica y el oportunismo. Siendo esto lo que permite trazar grandes alianzas que, finalmente, son muy endebles, cuando no ficticias. Es así que ante un cambio brusco en esa entelequia que es la opinión pública, estas engañosas coaliciones de gobierno se debilitan, quedando la gobernabilidad en manos de una sumatoria bizarra de facciones de discutible representatividad.

No hablo de un golpe de Estado tradicional porque no sería una solución política a la crisis; ni solución, ni política.

Luciano Wexell Severo

Sí, casi siempre hay alternativas. Pero, como suele ocurrir en la política, los caminos más deseables no son los más fáciles. Se habla, por ejemplo, de la posibilidad de anticipar las elecciones presidenciales para octubre de 2016, o incluso de la realización de elecciones generales. Para eso, se está tramitando una Propuesta de Enmienda Constitucional, suscrita por 30 senadores, en la Comisión Constitución y Justicia del Senado. Dicha opción suena inviable debido a los trámites necesarios dentro del parlamento, cuya mayoría respalda el impeachment y parece apoyar a Temer. Aún se habla de la posibilidad, muy poco probable, de que la elección de Dilma/Temer, de los dos, fuese suspendida por el STJ debido a irregularidades en el financiamiento de la campaña electoral. Los otros caminos, más cortos, serían la convocatoria de un plebiscito popular sobre las nuevas elecciones o que la propia presidenta encaminara una propuesta en ese sentido.

Sin embargo, la salida más previsible parece ser que Temer asuma el gobierno después de una previsible condenación de Dilma. Eso ocurriría antes de noviembre de 2016. Así, el nuevo presidente aún tendría dos años de mandato hasta el final de 2018, cuando habrá nuevas elecciones. No es muy difícil prever el fuerte grado de inestabilidad de un gobierno que usurpe el Palacio en esas condiciones. También existe la posibilidad de que las manifestaciones populares en contra del derrocamiento de Dilma ganen más fuerza. Por fin, notemos que el nombre de Lula aparece muy bien en las encuestas de intención de voto.

La salida, como siempre, pasa por la movilización popular. Y quizás el único elemento bueno de la actual situación política de Brasil sea la gran reaproximación de las izquierdas. Ese creciente movimiento en defensa de la débil democracia brasileña puede tener como uno de sus principales resultados la conformación de un frente que reúna los líderes más avanzados de algunos partidos como PT, PSOL, PDT, PCdoB e incluso del PMDB y otras siglas de centro. Si la política realmente es el arte de lo posible, eso es lo que hay para hoy.

* Silvia Audoe acerca de la movilización en Brasil: En 2013 se superó el récord de huelgas de 1989, y sólo se equipara a la marca de 1963, antes del golpe. Hay razones para suponer que en 2014 y 2015 el número creció aun más. Hay un movimiento de ocupación de escuelas y luchas de los estudiantes secundarios en varios estados, resistiendo al proceso de privatización “por fetas” del sistema público de enseñanza. Hay también un movimiento de retomadas de tierras por los indígenas frente al avance del agronegocio, hidronegocio y minería sobre sus tierras. Ese crecimiento de luchas que no tienen ningún vínculo con las organizaciones del ciclo anterior, no se dejan secuestrar para ser utilizados en apoyo al PT en la disputa en la esfera política institucional. Pero no cuentan con condiciones de extensión y continuidad nacional para pesar en la esfera política con autonomía de clase. Aun el sector de las clases trabajadoras que no participa de esas luchas, tampoco se moviliza, como clase, en favor de los dos polos que disputan el gobierno. Permanecen observando de manera crítica. Las movilizaciones son eminentemente compuestas por sectores de las clases medias o por los aparatos de las organizaciones del ciclo anterior. No hay paros ni presencia en las manifestaciones de trabajadores movilizados desde sus lugares de trabajo. Muchos de esos, llegadas las elecciones, pueden volver a votar al PT. Pero no hay en esos votos una adhesión de clase a su proyecto.

Fuente: Portal ZUR