Sigue vigente

Prensa y Propaganda
Sabemos que esta nota llega fuera de fecha. Pero no queríamos perder la oportunidad de publicar un artículo en referencia a los mártires de Chicago en este primer número de voz&eco del mes de mayo por la importancia simbólica que tiene para las trabajadoras y trabajadores del mundo, pero sobre todo por la vigencia de su lucha y sus palabras.
Por Héctor Costa (Oficinas Centrales) y Joaquín Cabrera (Secretaría de Prensa y Propaganda)

El hervidero de Chicago

Hacia finales del siglo XIX el proletariado internacional sacudía al sistema capitalista con huelgas y conflictos por doquier. En Estados Unidos la realidad no era distinta y Chicago era, por entonces, de los centros obreros que vivían con mayor intensidad la lucha obrera. Por sus propias características de ciudad en desarrollo industrial se convertirá en un permanente aglutinador de masas, convirtiéndose en destino de migraciones obreras dentro de Estados Unidos, así como también desde Europa. En ese contexto se desarrolla, al igual que en otros lugares del mundo, una fuerte propaganda de sectores obreros, socialistas y anarquistas contra la explotación del Capital y por la superación económica, social y cultural de la clase trabajadora. Chicago, era un hervidero donde los sectores obreros organizados contarán con fuertes organizaciones sindicales, periódicos, centros sociales y grupos de teatro.

Preparativos

La lucha por mejoras de los trabajadores y contra el sistema iba en aumento. Dos años antes de que ocurrieran los hechos de mayo de 1886 se proyecta lanzar la huelga por la reducción de la jornada laboral: ocho horas para trabajar, ocho para la casa o esparcimiento y ocho para dormir. Así de simple, firme y consecuente es la consigna. La Federación Estadounidense del Trabajo en su cuarto congreso resuelve que para el primero de mayo de 1886 la jornada laboral legal debe ser de ocho horas y en caso contrario se recurriría a la huelga desde ese día.
Esos dos años serán de preparación y agitación constante. Así se llega, al calor de la gimnasia agitativa, a uno de los puntos de la lucha que se estaba librando contra la burguesía. Para mayo de ese año la huelga estalla, las fabricas son paralizadas, la patronal acude a los rompehuelgas -carneros- para que la producción continúe y sabotear el conflicto.
El 2 de mayo los enfrentamientos entre los obreros en huelga y la policía dejan como saldo 6 muertos y una gran cantidad de heridos. La indignación crece y el 4 de mayo todo Chicago está en huelga. Al atardecer, alrededor de 3000 obreros se congregan en la plaza Haymarket. Los discursos se siguieron uno tras otro, hasta que la lluvia disuelve la concentración. Cuando solamente quedaban 200 asistentes, la policía se presentó bajo la orden de dispersar a los manifestantes. Estalla una bomba entre las filas policiales. La plaza se convierte en una batalla campal.
Al día siguiente las cárceles de Chicago se llenaron de huelguistas y revolucionarios. Entre los detenidos se encuentran los 8 anarquistas que serán condenados luego de un juicio manipulado que no pudo probar relación entre los dirigentes obreros y la explosión de la bomba.
El once de noviembre de 1887 fueron ahorcados en la cárcel de Chicago los obreros August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel, encarcelados por los sucesos de mayo de 1886. La pena de Samuel Fielden y Michael Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, es decir, debían morir en la cárcel, y Oscar W. Neebe estaba condenado a quince años de trabajos forzados. Luis Lingg impidio su ejecución tomando su propia vida….

130 años después.

“¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizadas en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar.”
Vaya si tendrán vigencia estas palabras de George Engel. 130 años después la desigualdad en el mundo ha superado ampliamente los límites de la obscenidad: menos del 1% más rico de la población mundial posee el 45% de la riqueza mientras el 71% más pobre de la población mundial se queda con el 3% del pastel. Si bien en nuestro país la situación no es tan extrema –gozamos del discutible mérito de ser la economía menos desigual en el continente más desigual del planeta- la desigualdad y la dependencia siguen siendo las características que identifican nuestra economía.
Más allá de que en la última década los gobiernos en la región hayan logrado atenuar algunas de las expresiones más extremas de la pobreza, sabemos que el modelo que produce la desigualdad está prácticamente intacto. El ciclo progresista está llegando a su fin y crece una derecha “new age”, que en base a despidos, represión y “golpes blandos” pretende blindar los intereses de los organismos financieros, los terratenientes, la burguesía reaccionaria y el capital trasnacional.
Se impone el debate estratégico para el movimiento popular, que sigue teniendo como horizonte establecer “un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria”.